Abraham Celaya

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Let Bygones Be Bygones

Let bygones be bygones.

En inglés, Let bygones be bygones es una frase que se le dice a alguien en lo relativo a olvidar cosas desagradables que han ocurrido en el pasado. Lo que en España se dice de una forma más prolija: Borrón y cuenta nueva.

Es una frase que en general se oye más en boca de las gentes que ocasionan los bygones. Me explico: sería algo que diría un nazi o simpatizante nazi, pero no un judío o cualquier otra etnia, que haya sufrido esa represión y asesinatos, al recordar los horrores del holocausto. Es una frase que se dice cuando o no se tiene interés en revisar o en analizar el pasado o no se tiene el poder de hacerlo aunque se tenga la voluntad.

Es una frase que creó gran desilusión en el electorado progresista en EE.UU después de haber elegido por una amplia mayoría al presidente Obama, el cual la sacó a colación al referirse a la legislatura anterior a la suya: al legado de George W. Bush, Dick (el nombre se las trae) Cheney y Donald H. Rumsfeld.

Parte del electorado esperaba que fuese a haber una rectificación, que en parte hubo, y que se iba a condenar y apretar las tuercas a alguno de aquellos personajes que habían mentido y manipulado la  política en provecho de los grandes intereses financieros… ¡Ja, ja, ja…! Era lo que se había dejado entrever en los discursos electorales, cosa que aún le reprochan. Luego se empezó a hablar de The power behind the throne [El poder detrás del trono]. En los tiempos de George W. Bush se hablaba de que “el poder detrás del trono” lo representaba Dick (el nombre se las trae) Cheney representando entre otros al grupo Carlyle y a Halliburton.

En la nueva administración de Obama todo parece un poco menos obvio si bien hay  ciertos hechos que no han dejado de pasar desapercibidos. Por ejemplo, todo su equipo financiero (Hacienda, etc.) viene de Goldman Sacks, el banco financiero que estuvo en el epicentro de la debacle económica de 2008 y al que la Comisión del Mercado de Valores de EE UU acusó formalmente de fraude por las hipotecas subprime —que provocaron la referida crisis financiera— pero nadie se vio imputado. En Europa también ayudaron al Gobierno griego a ocultar las cifras de déficit en sus cuentas públicas para que Grecia pudiese entrar en el euro; y ahora parece ser que el ministro De Guindos habría fichado a Goldman Sachs para tasar el negocio de Bankia. OMG!

Sea como sea, hasta la fecha no ha habido nadie de Wall Street que haya sido impugnado o impugnada por responsabilidad en la mencionada debacle financiera, y que el resto del mundo (algunos países aliados en la misma) está aún sufriendo. Esta actitud no es ajena a muchos otros países, incluida nuestra querida España. ¿Se ha depurado alguna responsabilidad a los responsables de “la crisis”? ¿Se ha visto a alguien en el banquillo? ¿Ha habido alguien que ha entonado el “mea culpa”?  La última: Bankia que en febrero según la contabilidad del señor Rato tenía unas ganancias de tres cientos y pico millones de euros,  un mes más tarde se le descubre un agujero de cuarenta y un mil millones… ya he perdido la cuenta. ¿Responsabilidades?  ¿Responsa… qué?

Let bygones be bygones, dice el gobierno. Borrón y cuenta nueva… El pasado, pasado está… Agua pasada no mueve molino… El que mira siempre por el espejo retrovisor termina estrellándose… Y, es el momento de mirar hacia adelante y olvidarse del pasado.

A mí me encanta lo de “Borrón y cuenta nueva”. Implica algo sucio, borrón. Algo del pasado, ¿verdad? ¿Quién sabe hoy en día lo que es un borrón? Era de cuando se escribía con tintero. Ahora es la época de la digitalización, los tablets, los bolis de tinta que no se corre, los lápices que no necesitan sacapuntas. El pasado y el presente; lo viejo y lo moderno; la tradición y el desarraigo… El olvido y la verdad; y como resultado: el borrón.

El filósofo americano con pasaporte español George Santayana, nacido en Ávila en 1836 como Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás y educado y profesor en la universidad de Harvard, dijo “Those who cannot remember the past are condemned to repeat it”, [Quienes no recuerdan el pasado están condenados (y condenadas) a repetirlo.] y a consecuencia de esa disociación con el pasado dijo otra frase tremenda por lo que tiene de actual y verdadero:  “Only the dead have seen the end of war” [Sólo los muertos han visto el final de la guerra.]

Pero ¿qué ocurre cuando olvidamos o nos negamos a recordar nuestro pasado? Hay una palabra en inglés cuyo concepto es difícil de traducir al español: denial. Denial es un verbo y un sustantivo; significa “negar, negación”, “denegar, no admitir” pero debido a una incapaz de aceptar la realidad, de bregar con ella. Tiene un contexto psicológico rayando a veces con lo psicótico. Un ejemplo muy claro es el asesino éste de Noruega que ni merece que se mencione su nombre.

No es saludable para un individuo y mucho menos para un pueblo, país, nación, estado… un estado de denial, de rechazo y ocultación de la realidad.

El principio de toda terapia y el principio de re-inserción social completa es que el/la causante del crimen, de la transgresión, sea consciente y acepte lo que ha hecho u originado. En el código penal no sólo se castiga a quien ejecuta el hecho, sino también a quien lo instiga. El caso en nuestro país de la banda terrorista ETA es un claro ejemplo; y por eso se les exige a los terroristas de la banda, previo a cualquier pacto de “re-inserción”, que pidan perdón y acepten el sufrimiento que han ocasionado a sus víctimas. Es por eso también que para los represores y víctimas del horrendo sistema de segregación y represión racial, que campeó en Sudáfrica desde 1948 hasta 1994 conocido con el nombre infame de Apartheid, se creó la más o menos controvertida Truth and Reconciliation Commission, [Comisión de la Verdad y la Reconciliación] con el fin de que a testigos identificados como víctimas de flagrantes violaciones de derechos humanos se les invitó a prestar declaración según sus experiencias, y de los cuales se seleccionó algún caso para vista pública. Los autores de esta violencia hacia los derechos humanos podían dar también su testimonio y requerir una amnistía civil y criminal que generalmente se otorgaba de forma automática después de la admisión de los hechos perpetrados.

Esto no se hacía para generar una cultura de venganza, sino una cultura de reconciliación, claridad y aceptación de la verdad. No una cultura del olvido sino una cultura del perdón, aceptación y reconocimiento por ambas partes de aquella tragedia; porque es tragedia mucho mayor el hecho de que mientras no se haga una justicia de memoria histórica y aceptación de la verdad, todos, absolutamente todos, seguiremos en el cautiverio de ese cementerio del denial. No se puede silenciar ni esta tragedia, ni las voces que intentan aliviarla y desmitificarla. Un desafortunado ejemplo reciente es la campaña de descalificación,  acoso y derribo contra uno de los insignes jueces con que España haya contado hasta la fecha: el magistrado Don Baltasar Garzón.

Mi familia, tanto del lado materno como del paterno fue objeto de represión, abuso y posterior cultura del olvido. Mi abuelo David, que era del partido de Manuel Azaña, Izquierda Republicana, fue “detenido” cuando un vecino que “se la tenía jurada”—decía mi madre— lo delató cuando la columna gallega del ejercito golpista entró en Luarca. Al día siguiente cuando mi abuela Pepa fue a verlo a la “cárcel” ya había desaparecido.

Mi madre, Rosa, tenía 11 años, y lo poco que años después contaba de aquello era que había tenido que ponerse a servir ya que después de la “desaparición” de su padre les habían robado mucho de lo que tenían.  Hablaba de éste y el otro que les habían robada tal y cual tierra; que había una señora del pueblo, a la que al parecer apodaban a sus espaldas “la gatita”, que recorría el pueblo por la noche y escuchaba en las ventanas para comprobar si los sospechosos o no tan sospechosos de ser “rojos” estaban oyendo las emisoras “rojas” o tramando algo en contra de los partidarios de los golpistas. También contaba que después de la “desaparición” de su padre, el vecino que se la tenía jurada le hacía llevarles todos los días la leche de una vaca que tenía mi abuela, y que la esposa del mismo le hacía probarla para asegurarse de que no estaba envenenada, y que la hija en vez de Rosa, la llamaba Roxa. Pero siempre que yo intentaba saber más decía que cuando el café tiene posos es mejor no revolverlo, y encontraba algo urgente que hacer.

El último agosto que yo estuve con ella, mi madre murió en febrero del siguiente año, se acordaba y era a veces más consciente del pasado que del presente, hablaba mucho de cuando se había tenido que poner a “asistir con Cheché”, y de cuando “criaba gochinos debajo del mesao al lao de la cocina pa que tuvieran calientes” y riéndose con un gesto de malicia decía “yo era muy pesetera, ¿sabes?. Sacaba de donde podía…claro como nos dejaron casi sin nada…” y se callaba y ponía muy seria, y luego como quitándose una mosca de la frente decía “ye mejor nun revolver las borras del café… y como además no había otra elección…”.

Un día, como sin venir a cuento se me quedó mirando y dijo “¿Qué pena, eh?” Y no dijo nada más. Yo casi perdiendo la paciencia voy y digo “¿Qué pena qué, mamá?” Ella me miró como quien mira por un túnel lo que hay al otro lado y respondió: “Que nunca supimos la verdá de lo que pasó con tu buelo.” Era como si al referirse a su padre como “mi abuelo” pusiese un cierto distanciamiento y resultase menos doloroso. Y luego con una media sonrisa de displicencia dijo “Pa algunos nunca hubo justicia”.

Después yo regresé a mi vida en West Hollywood y al año siguiente ella murió… y… Me acordaba siempre de aquellos versos del Joan Manuel Serrat “…pero los muertos están en cautiverio y no nos dejan salir del cementerio…” El cementerio del olvido, de la falta de reconciliación, de la imposición. El cementerio del denial.

Mi nombre es David Fernández Rodríguez, tengo sesenta años y soy natural de Almuña. En Febrero del 36 cuando voy a votar por Izquierda Republicana, el celador de la mesa me mira con rabia y me dice “Ésta me la pagas”. El 8 de agosto la columna gallega entra en Luarca después de la batalla de El Bao, por la tarde llegan los guardias de asalto a mi casa y me detienen, al salir de la casa veo al celador mirando y sonriendo sentado en las piedras de La Queirela. Al día siguiente temprano cuando mi mujer, Pepa, va a la cárcel a llevarme una manta y el desayuno ya no me encuentra ni le dan ninguna noticia. Al salir oye que alguien desde dentro dice “Al rojo ése le dieron el paseo”. No tuve juicio, ni abogado, ni sentencia. Mi familia sigue buscando. ¿Hasta cuándo?

“Those who cannot remember the past are condemned to repeat it”.

©  A. Celaya, 2012

August 2nd, 2012 Posted by Papo | Espana, Places/Lugares, Uncategorized | no comments

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